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NA SREBRNYM GLOBIE (1977)

Ficha técnica

Título inglés: On the Silver Globe
Nacionalidad: Polonia
Productora: Zespól Filmowy "Kadr"
Director: Andrzej Zulawski
Guion: Andrzej Zulawski y Jerzy Zulawski (novela: Trilogía de la luna)
Dirección de fotografía: Andrzej Jaroszewicz
Música: Andrzej Korzynski
Intérpretes: Andrzej Seweryn (Marek), Jerzy Trela, Grazyna Dylag, Waldemar Kownacki, Iwona Bielska, Jerzy Gralek, Elzbieta Karkoszka, Krystyna Janda (la actriz)
Duración: 166 m.

Enfrentarse con un filme como On the Silver Globe conlleva asumir los riesgos que salen al paso de cualquier producto de culto, como son el malditismo, el acceso restringido y las sobrevaloraciones mediáticas extremas. Es decir, una obra cuya producción podría calificarse como infernal y que ha sido vista por un limitado número de espectadores, entre los cuales existen unas pasiones encontradas de amor y odio, repartidas casi a partes iguales. Estas dos últimas características son intrascendentes, pudiéndose considerar como el peaje a pagar por entrar en tan "selecto" club de los filmes de culto, formado por aquellas películas que en su día fueron condenadas al ostracismo. Pero la primera de ellas resulta ser un aspecto tan interesante como para moldear una etiqueta, casi un género, en el que convergen una serie de películas forjadas por su autor en contra de un sinfín de dificultades de toda índole. Es lo que el crítico de cine José Francisco Montero ha venido en llamar el "cine kamikaze", y que no es otro que aquel que se hace a través de una férrea voluntad.

Toda creación artística invita a tomar un solo camino: el del éxito asegurado, buscando la complacencia del público y la connivencia con el poder y el sistema (o, en su defecto, con el pensamiento mayoritario); o el del francotirador, siendo fiel a uno mismo a pesar de encontrar el rechazo de todos los estamentos que componen la sociedad (desde los espectadores a los poderes políticos y financieros, pasando por la crítica). Esto es válido para cualquier sisitema económico y para cualquier régimen político, pero en el caso de cualquier dictadura las consecuencias de la disidencia son mucho más graves que la de la negación de financiación o el desprestigio público: muchos artistas se han enfrentado a aquello que se ha venido en llamar "reeducación", un eufemismo que esconde persecución, acoso, tortura, cárceles y campos de concentración o gulags, además de la censura propiamente dicha. Un precio muy alto a pagar, aunque imposible de eludir si lo que se quiere conservar es la dignidad, la coherencia y la libertad.

Con On the Silver Globe, Andrzej Zulawski tuvo que pagar este peaje. Su película, adaptación de una trilogía escrita por su tío abuelo Jerzy a principios del siglo XX, tenía todas las papeletas para no gustar al régimen comunista de su Polonia natal: planteada como un análisis sobre los orígenes de la sociedad y algunas de sus manifestaciones (sobre todo, la religión vista como una mitología), las autoridades polacas, encarnadas en el vice-ministro de asuntos culturales, Janusz Wilhelmi, pusieron fin bruscamente al proyecto en mitad de su filmación. Las excusas oficiales fueron demoras en el rodaje, el alto presupuesto al que se había llegado y no saber hacia dónde se dirigía el filme, pero la verdad era que las alegorías políticas de todo tipo (desde aquella que se podría interpretar como una visión siniestra del control de la casta dominante hacia el pueblo, hasta aquella otra que reflejaba las ingerencias de la Unión Soviética en el gobierno de Polonia) estaban haciendo aquella película algo muy peligroso para los intereses del Partido Obrero Unificado Polaco.

Su argumento está plagado de idas y venidas entre lugares, tiempos y personajes. Todos estos elementos aparecen y se esfuman para reaparecer de nuevo, transformados por la acción de fenómenos de orden superior. Su contemplación es, a veces, un auténtico galimatías, pero resulta mucho más confuso al estar visualizando una obra no solo sin terminar, sino rescatada de la persecución y la quema. Efectivamente, Zulawski escondió los negativos para evitar su destrucción, y parte del equipo recogió en sus propios domicilios parte del vestuario utilizado en la filmación, previendo que algún día se pudiera continuar con el trabajo que había sido mutilado. A su vuelta de su exilio francés a finales de los años ochenta, el realizador trató de reanudar la producción. Pero los condicionantes eran tales (fundamentalmente, algunos de los actores habían fallecido, o se habían marchado de Polonia, o estaban ilocalizables) que Zulawski tuvo que tomar la decisión de hacer un montaje con lo que ya tenía filmado, teniendo que leer con su porpia voz aquellas partes que faltaban por rodar, introduciendo con telón visual imágenes de la Polonia del momento (desde personas bajando al metro por unas escaleras mecánicas a tomas de la naturaleza). Este hecho añade al conjunto una mayor confusión si cabe, dejando al espectador perplejo y desorientado, pues los saltos narrativos, a pesar de la locución, afectan notablemente a una percepción ya de por sí castigada debido a la extensa duración de su metraje (sobrepasa las dos horas y media) y a la densidad filosófica administrada a su guion.

Resumiendo mucho lo narrado, podríamos dividir su argumento en tres parte: la primera, muy breve (actuando casi a modo de prólogo), introduce a unos cosmonautas que conviven con unos seres humanos que actúan y visten de un modo bastante primitivo (al modo de la Edad del hierro), quienes les prometen entregarles unas grabaciones que están en su posesión; la segunda parte sería la visualización de esas cintas, filmaciones en primera persona (al modo de las actuales cámaras GoPro) de los avatares de tres astronautas que arriban a un planeta desértico, comenzando una labor de repoblación que avanza en el tiempo generación tras generación, lográndose implantar una auténtica civilización; la tercer y última parte cuenta la historia del cosmonauta Marek, que llega a ese planeta con la misión de recuperar las cintas, pero que acaba implicándose con la población nativa en su lucha contra unos siniestros seres negros y alados, pero que acaba descubriendo un complot de dominación del pueblo por parte de la curia religiosa.

La propuesta resulta sumamente atractiva, al poder ofrecer un resumen acelerado de la evolución histórica del ser humano, forjando los cimientos sociales desde los orígenes. La disposición expositiva de este relato adquiere proporciones bíblicas, material y meafóricamente hablando: no solo sus dimensiones se acercan a las de la epopeya, sino que su modelo se basa en las escrituras sagradas del cristianismo, pudiéndose identificar en su argumento trasposiciones de personajes propios de la tradición y mitología de la cultura occidental, tales como Adán y Eva (los cosmonautas que procrean por primera vez sobre la superficie de ese planeta), Caín y Abel (los hermanos que se retan a muerte por el control del linaje), Moisés (aquel que cruza las aguas para liberar a su pueblo de una tiranía impuesta), Matusalén (el ancestro que, a ojos de los jóvenes nativos, remite a sus orígenes debido a su extensa longevidad), etc. Pero todas estas referencias también coexisten con otras manifestaciones antropológicas, pudiéndose observar asímismo elementos cercanos al chamanismo, los problemas derivados del incesto, los inicios de la mística y las profecías, etc.

Este discurrir estremece por su paralelismo con el de la propia historia de la humanidad tal y como se produjo en su día, observándose la consecución de acontecimientos como una imperiosa necesidad basada en la relación causa/efecto, donde el poder va derivando poco a poco del líder político y militar a una curia religiosa, cuya función es la del control social a través del miedo. Es el momento en el que aparece en acción el cosmonauta Marek, que adquiere el rol de caudillo unificador en medio de una lucha de poder entre distintos intereses políticos. La suya se acerca a la historia narrada por los hermanos Strugatskiy en su novela Qué difícil es ser Dios pues, por sus mayores conocimientos intelectuales y tecnológicos, el terrícola adquiere una inevitable relevancia en una sociedad con aspectos propios de la Edad Media, definida a través de la imposibilidad de abandonar la barbarie. Su liderzgo se verá reforzado por aquellas profecías que anunciaban su venida, lo que emparenta su figura con la de Cristo. Y, al igual que Jesús de Nazaret, él también sucumbirá a los intereses de aquellos de reforzar su figura y su legado a través del martirio, rematándose su presencia en aquel planeta con su sacrificio en forma de crucifixión.

Desde un punto de vista técnico, su ejecución es impecable: desde la elección del plano secuencia como resolución formal para generar una mayor sensación de verismo y fluidez narrativa, a una selección muy reducida de lentes de gran angular que deforman lo filmado y dan ese aspecto de ensoñación al relato, pasando por unas localizaciones que refuerzan el tono épico de la historia (los rodajes tuvieron lugar en parajes de Crimea y Mongolia, montañas del Cáucaso, playas del Báltico y del mar Caspio, y las minas de sal de Wieliczka, esta última útil tanto para referir lo laberíntico de la última parte de la trama y como para aludir al mito de la caverna de Platón), a lo que se añade una banda sonora salpicada de notas que basculan entre estilos tan variados como la música electrónica, la ambiental, la sinfónica, el blues y el rock progresivo. La interpretación de los actores también abunda en reforzar su tono onírico y reflexivo, abundando los soliloquios con no pocas miradas a cámara, estableciendo un espíritu contemplativo y muy filosófico: personajes hablándole a un supuesto dios, con paisajes apocalípticos como telón de fondo, reflexionando sobre el bien y el mal y la condición propia del ser humano a través de frases repletas de prosopopeya, propician momentos que deberían hacer las delicias de los amantes del cine de Terrence Malik. Es decir: grandilocuencia y pedantería, con un estilo rocoso y farragoso que invita a la incomodidad, pero que deja en el paladar un regusto poético y filosófico cada vez que se piensa en esta obra.

Sin duda, estamos ante la gran superproducción de Polonia durante la administración comunista. Jamás veremos la obra tal y como debería ser, pero en cambio tenemos una película que resume y refleja lo que fue el proyecto político de este país: algo truncado y fallido debido a las expectativas y a los vicios derivados de aquellas limitaciones que no se tuvieron en cuenta. Es por ello que el último plano de la película no resulta gratuito: el propio Andrzej Zulawski aparece reflejado en un cristal, siendo su imagen una silueta, una sombra, casi un fantasma. Aquello en lo que las autoridades socialistas le quisieron convertir, y que es asumido por el propio realizador al repasar los restos de su proyecto. El ostracismo político al que fue condenado le convirtió en un muerto en vida, en un espectro social, y su locución en momentos puntuales del matraje adquiere el carácter de una psicofonía. Mucho más en este 2016 en el que se escriben estas líneas, año en el que hemos de lamentar su muerte. Ahora, su imagen reflejada en el cristal adquiere un significado especial.

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